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En la ya larga década de conocimiento del artista-obra Rafael Lafuente (Vitoria-Gasteiz 1937 – 2005) llama la atención, ante todo y sobre todo, su convencido geometrismo. Rafael Lafuente es a lo largo de toda su obra un convencido Geómetra, un sabio ordenador de espacios múltiples, un clásico constructor de espacios reales, solitarios, sonoros e insólitamente bellos para el hombre del siglo XX y XXI. Pero vamos por partes y analicemos diacrónicamente su pintura.
Fases
| 1. Expresionismo y fauvismo en los comienzos | subir |
El pintor alavés pinta desde muy joven (1954-58) figuras de colores violentos, dramáticas, aisladas y solitarias en su propio destino de marcado acento expresivo. El pintor había comenzado su aprendizaje como la mayoría de artistas de su época, dibujando estatua y desnudo vivo. El cuerpo humano y su compleja anatomía eran ya una fuente de placer y construcción para la mente y la retina del artista. De esta época guarda el artista en carpetas con orden y mimo innumerables dibujos en los que aparece como un fuerte y recio dibujante de anatomías masculinas y femeninas. No podemos olvidar que Lafuente es todavia en la actualidad en la Escuela de artes y oficios de Vitoria profesor de anatomia y modelo vivo. De nada reniega nunca el artista, y en este caso lo asume con lucidez y transparenciaen el fondo y en la forma; todo es cuestion de percepcion de volumenes y masas, de ubicacion tensional y dialectica de espacios y colores. El artista en este sentido, aunque autodidacta, ha seguido, desde sus primeros momentos hasta el presente, una trayectoria clara y diafana en la elaboracion de su propio discurso. No es un artista, por tanto, de grandes saltos y bandazos, de grandes rupturas y contradicciones. Su discurso es lento, pero progresivo, macizo y coherente como el de pocos y ante todo y sobre todo muy convencido.
Conviene resaltar estas ideas desde el primer momento, pues el panorama del Arte Vasco de postguerra, los discursos sorpresivos y a bandazos, las influencias de las nuevas poeticas y últimas tendencias han malogrado más de un discurso.
En 1954, siendo todavía muy joven, Lafuente participa ya en un certamen de Arte consiguiendo el premio de Honor con tres retratos sueltos y vigorosos. Para entonces ya trabajaba de dibujante para una empresa de Artes Graficas y el tiempo que tenia libre lo dedicaba a la pintura.
Su primera exposición individual la realice en el año 1958 en el Salón de Arte de Vitoria – Gasteiz. El ambiente cultural y artístico de la Vitoria del momento era muy reducido y cerrado, asegura el propio artista, y al público aquel expresionismo vitalista le chocaba y confundía.
En esta primera etapa y hasta el año 1962 prosigue el artista en solitario trazando en sus lienzos personajes quietos, reposados, clásicos, características que pasaran mas tarde a ser constantes de su pintura. Su soberbio “Paisaje” (1963), cuasi abstracción matérica, resuelto en rojos y ocres, y “Torero” (1963), y “Desnudo con flor” (1964), obras más expresionistas e irónicas, son las piezas más interesantes de este momento.

| 2. Hacia una abstracción expresiva | subir |
Ya en el mismo año 1964 se produce en el artista una tendencia a la abstracción expresiva de las formas biológicas y anatómicas y comienza un proceso de mayor elaboración y depuración de la pintura misma: “Ornamento de una mujer” y “Ornamento de un hombre” (1964), figures descompuestas y analizadas en sus propias estructuras internas. Es quizá la influencia de la Ilustración grafica a la que parecía prestar atención el artista tras un periodo de crisis interna.
El mundo del ballet y del circo parecen estilizar y dinamizar las estructuras de sus personajes y de las composiciones mismas. Obras como “Torso”, “Figura y ave”, “Muchacha sujetando una flor” (1965), figuras estilizadas pero quietas y en reposos, dibujadas sobre fondos neutros, van a desembocar en otras de mayor ritmo y gestualidad. “Figura azul sentada en un pez”, “Figura conturbada” (1966) y “Personajes destruyéndose” (1967)
Ya a finales de la década de los 60, el artista empieza a desarrollar un cierto Organicismo Biológico, en el que algunos repertorios en forma de latiguillo dan una mayor agilidad al conjunto: “Figura flotando en su espacio”, “Pareja asomándose en un paisaje rítmico”, “Figuras sobrecogidas ante un crepúsculo” (1969). Ciertas relaciones paradigmáticas con Cuixart y con Tarraths se hacen patentes en este conjunto de obras. Se produce una mayor intensidad de color y las figuras en rojo-rosa aparecen sobre fondos de rayas que confieren ya una cierta dinamicidad a toda la estructura compositiva
“Figuras acostadas en su paisaje” (1969) resuelta en tonos ocres es quizá la obra mas clásica y serena, una obra cumbre e hito de todo este primer ciclo abstracto expresivo o expresivo abstractivo como prefiera el propio receptor de la obra artística.
Es importante reseñar que en esta década, y más concretamente en el año 1965, Lafuente abandona su profesión de diseñador grafico para dedicarse de lleno a la pintura.
| 3. Pintura diseño de la figura humana | subir |
Pero es curioso constatar que al decir de Roland Barthes en Arte nada nunca se supera ni se oculta, todo se superpone y se trasparenta; aparecen así mas o menos las constantes de las ultimas estructuras o repliegues de la obra artística. El diseño grafico ejecutado durante años por el artista comienza a producir una obra sutil y estilizada hasta grados de depuración total de la propia figura humana que queda convertida en limite o contorno de sí misma. Es el análisis puro de la realidad biológico-corporal hasta límites de verdadera magia o sombra casi chinesca. Inteligencia y razón se aplican de una manera directa a captar la realidad circundante, limite, total. No utiliza ya títulos ni denomina como antes a sus pinturas. Colores rosas, verdes, violetas, azules, composiciones a base de cuadros dentro del cuadro, pintura casi fosforescente en sus fondos, es realizada en el año 1970. Es uno de los momentos más potentes y vitalistas, más bellos y vibrantes de este artista. Las referencias al Grupo Cobra, a Zumeta y a Amable Arias son cuando menos necesarias.
En 1971 reduce la figura humana a blanco, en reposo, en movimiento y en posturas atléticas.
En las obras de 1972 la figura en movimiento se ubica sobre fondos geométricos que van cobrando cada vez mayor fuerza dinámica. La figura humana ,individualizada, aparece modelada y esquematizada con cierta poética pop y reducida icónicamente a cabeza, busto y perfil. Lafuente es un obseso de la figura humana en todos sus aspectos, siempre se mueve en torno a ella, a ella dedica la mayor parte del tiempo y de sus preocupaciones plástico-artísticas. Lafuente es en este momento y aun en los momentos más abstractos de su producción artística un gran humanista, un hombre-artista preocupado por la persona humana y su encaje en la ciudad misma.
Obra cumbre de este momento es “El hombre urbano” (1974), hermosa y sobria composición de formato medio en la que la silueta del hombre en azul aparece inmersa en un paisaje urbano. Se da en ella una gran pureza de colores, de formas y de símbolos. Se da casi con ella fin y conclusión a un momento fecundo que se abre y enlaza con una obra abstracta-geométrica potente y poderosa.
| 4. Poderosa y refinada abstracción geométrica | subir |
La mente del artista siempre en cocción y movimiento se plantea el año 1975 dar un paso coherente y arriesgado hacia repertorios anclados en la más sobria y rigurosa Abstracción Geométrica.
Azul-rojo-negro, naranja-amarillo-rosa-naranja, ubicados en formatos rectangulares serán los colores utilizados hasta 1978. Sera este año cuando se da la presencia de elementos cinéticos de otros momentos de su producción artística.
El ojo pictórico de Rafael Lafuente se ha se ha tornado en este momento un ojo exquisito, refinado, vanguardista y preciso. El arte experimental y progresivo de Lafuente, atento a las experiencias de la década anterior en el campo del color y la forma, del ritmo y del espacio, va creando poco a poco un juego interminable, variado, siempre nuevo, lleno de precisión, rigor y geometría. La pintura, ante todo “pintura” a secas de este alavés racionalista, es todo lo contrario de sencillez ingenua, de sabiduría corta. Mondrian, Malevich, Albers están en las raíces de esta pintura.
La forma ha sido analizada, estudiada y perseguida. El color, exquisito, fuerte y salvaje, investigado en virtud de las dos dimensiones a las que voluntariamente han sido reducidas la mayor parte de sus propuestas pictóricas, va pasando así, en momentos, a ser la parte substantiva, existencia real de la misma. El espacio real, cuadrado o romboidal, está perfectamente medido. La ponderación, la mesura, el orden, subyacen en este potente discurso, en esta arquitectura griega llena de acentos liricos.
El valor de esta propuesta racional e intelectual es frio pero audaz. Solo el color potente y sibarita, sabiamente elegido calienta un poco esta obra de aplicaciones múltiples al diseño urbano-industrial y al diseño general de la década de los 80.
Es en el año 1979 cuando el artista comienza a utilizar espacios romboidales y composiciones al oleo sobre tela de gran pureza formal y colorista. El artista realiza un exquisito tratamiento de las superficies pictóricas. La pintura se convierte así en verdadera y plena manifestación pictórica, en autentico placer y lujo para sí misma. Es el arte de pintar por pintar, el goce y el efecto en sí mismos. No hay un para que ni un por qué, es la pintura en si misma porque al pintor le gusta y beneficia en su fuero interno y en su retina.
Y es que al artista nunca le ha interesado lo mas mínimo la pintura como comercio, ni la pintura de utilidad inmediata. A él le interesan las obras como desarrollo mental y físico, rico y expresivo de su propia persona, de su ser mas intimo pues en el reside la fuerza y la riqueza del cosmos.
| 5. Explosión de color | subir |
Desde comienzos de los años 90 sus obras se han visto sacudidas por un cambio brusco. Donde estaban la saturación y la opacidad de la pintura, aparece el temblor de trasparencias de la acuarela; en lugar del borde duro que definía sus rotundos planos geométricos, aparecen ahora manchas, mezcla e indefinición. Los matices y los aspectos “narrativos” realizados con el pincel aumentan. En lugar del proyecto como decisión previa, la obra deriva hacia la aceptación de su transcurrir, de sus accidentes, sus hallazgos y sus imprevistos.
Las manchas de color trasparente adquieren el control de la imagen, manchas evanescentes, como si los objetos y los espacios, el conjunto de la materia se hubiera licuado y, en su nuevo estado convocase la exploración minuciosa de sus perfiles, sus solapamientos y trasparencias. Estas acuarelas convocan también un sentido de adivinanza, de juego de reconstrucción de la materia en su estado sólido: descubrir formas reconocibles en las nubes o, como ponía Leonardo, en las manchas y salpicaduras de la pared. A pesar de no contener información sobre nada real, sentimos ante estas acuarelas la prometedora tentación de identificar elementos de realidad en las manchas y en las formas, ya que con ello reconstruimos un espacio cercano, domestico. Y esto tiene mucho que ver con las modalidades de la observación, con la intensidad y la riqueza de la contemplación. Diderot daba instrucciones respecto a un cuadro de Chardin “Si os acercáis, todo se nubla, se aplana y desaparece; alejaos, todo se recrea y vuelve a aparecer”. En estas acuarelas la proposición podría ser la contraria: si os alejáis aparece la imagen “pensada” por el pintor, punteada siempre por leves líneas, rectas y temblorosas, que marcan una estructura ordenada, generalmente simétrica, absolutamente abstracta. Si os acercáis mucho hasta perder de vista el conjunto, comenzaran a aparecer sugerencias figurativas, objetos de vuestra imaginación o quizás los oscuros habitantes de un subsuelo que Rafael Lafuente se empeña desde hace muchos años en mantener escondido.
¿Qué ha conducido a Rafael Lafuente hacia ese cambio? Sin duda, la necesidad de abrir su pintura a otras posibilidades, ya que el lugar “aislado” en el que se había convertido su taller durante su larga etapa de trabajo con la geometría, amenazaba con convertirse en una cárcel que ahogaba otras posibilidades de su trabajo. Ahora se siente seguro en dejar salir, como una válvula de escape en un recipiente a presión, toda esa energía negada, provisionalmente censurada, a través de las reglas del arte normativo, unas normas auto impuestas por el comportamiento ascético del artista. Y de esta forma aparecen elementos inéditos en su pintura o, para ser más exactos, elementos que no aparecían en su obra desde finales de los años sesenta y comienzos de los setenta: mancha, gesto, textura.
Todo ello enmarcado en un contexto visual que sigue siendo profundamente geométrico, aunque haciendo hincapié en este caso en el valor impresionista de los matices. El resultado es alguna obra esplendorosa, como alguno de los paneles alargados, en los que el gesto del pincel constituye el tejido pictórico de la obra, o los cuadros con bandas verticales con mínimas intervenciones de gestualidad.
La energía que ha empleado Rafael Lafuente en transformar la imagen de sí mismo, abandonando esa geometría que constituía su identidad, se enmarca en un contexto profundamente individualista: la de un creador solitario enfrentado a su obra como realización de un destino. Rafael Lafuente ha sido siempre un pintor que solo admite referencias en sí mismo. Los cambios en la forma de trabajar han de tener referencias personales, basadas en su propio trabajo.
Un artista como Lafuente, que ha mantenido siempre su independencia, su personalidad aislada, por encima de cualquier otro concepto – incluidos los de vanguardia o de Escuela Vasca – ha medido cuidadosamente los pasos de su evolución, se ha dirigido por la idea de coherencia moderna, la lógica del cambio: entre las obras geométricas y estas últimas hay una forma de vigilancia de sí mismo. Cambiar para ser esencialmente el mismo, para seguir siendo el pintor independiente que se adentro en el camino difícil de la Geometría. En alguna de las obras de este periodo hay una clara traición a sí mismo, una tentativa de hacer hablar a su otro “diabólico” que, en realidad no pugnaba por salir, sino que ha sido invitado a comparecer a escena por el pintor.
Rafael Lafuente sitúa el problema en términos de libertad: repetir la obra geométrica es la verdadera traición en este caso a sí mismo. Con ello quiere decir también que el pintor tiene obligación de cambiar para mantener su identidad de investigador. Esta, al hacerse difusa por el cambio de estilo, se reafirma mas como identidad. El aspecto técnico de este cambio no es lo más importante, al contrario, es solo una escusa para hacer referencia a un cambio más profundo. En su forma de hablar parecen tener más importancia los aspectos conceptuales que los técnicos, aunque en realidad Rafael Lafuente ama sus cuadros porque reflejan sobre él la sabiduría y satisfacción de haberlos sabido hacer.