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“Érase un hombre que obro el milagro De resumir el mundo en el trazo perfecto de una línea: Antes fueron los cuerpos de otros hombres El espeso color de las fiestas Las damas sin rostro en el vértice de la penumbra El saco basto la madera El misterio sin respuesta o el sueño turbio
Pero a lo largo del tiempo Todo quedo reducido a la dimensión sin volumen De una línea. Fue un prodigio de lentos conjuros Fue la abolición inclemente de la pequeña historia El abandono De esa coartada que intenta explicar Inexplicablemente lo asombroso. Ahora el mundo es plano y su color nítido. Y sin embargo late y no esta frio Porque una temperatura incesante lo consume”
El artista produce todo el discurso de su obra en el taller, separado del medio ambiente, pero no aislado del mismo. Lafuente no ha sido nunca amigo de grupos o camarillas, su obra se produce en solitario, ajena a los medios y tendencias del momento, pero siempre muy informada en las grandes corrientes de vanguardia.
Abstracción geométrica, racionalismo, cinetismo, minimalismo y neoconcretismo, son las variantes de una misma estructura en la que aparece centrada con cierta persistencia la obra del artista. Y es que este es un hombre convencido de su arte y del modo operativo artístico. A él le interesa y le preocupa la investigación del plano y del color, la investigación del propio proceso pictórico, duro y hermético, con sus leyes propias, abierto hasta el infinito.
Un horizonte que el artista tiene como pocos bastante claro y despejado y quizá por ello se desarrolle en espiral, lenta y progresivamente. Con esto no queremos decir que su proceso sea fácil y acordado de antemano. Todo lo contrario. Existe el miedo constante al vacio, el riesgo ante todo que produce el resultado incierto.
El pintor no usa en la actualidad paleta, utiliza sobre todo brochas, pinceles y esponjas. Su pintura es siempre a oleo, aunque no lo parezca. Busca en el fondo como buen heredero de los Eyck y de los grandes renacentistas una pintura de gran calidad técnica y artesanal, de bella textura epidérmica. Hay una sensualidad en la superficie de sus obras que la hace vibrante, lujuriante, esplendida. Es como el lujo salvaje e inútil de las mejores obras de la naturaleza.
El artista ha utilizado el acrílico para dar mayor sensación de formas y de turgencias. El oleo le resulta mucho más lento, mas premeditado, aplicándolo a base de veladuras hasta lograr el color determinado y preciso. Se sirve de la acuarela e incluso de la inclusión de nuevos materiales en sus últimas obras para dar rienda suelta a la imaginación como medio de alcanzar nuevos desarrollos intelectuales.
¡Cuántas horas de estudio y contemplación en esos ojos que tiemblan de fuerza y alegría! La mano temblorosa del artista resulta contundente a la hora de aplicacion del pigmento sobre la tela, la madera o el carton preparado al efecto. El pintor pinta ademas la obra no sobre caballete, sino sobre la mesa del estudio, y muchas veces con vocetos muy acotados y precisos.
El artista ha utilizado el acrílico para dar mayor sensación de formas y de turgencias. El oleo le resulta mucho más lento, mas premeditado, aplicándolo a base de veladuras hasta lograr el color determinado y preciso. Se sirve de la acuarela e incluso de la inclusión de nuevos materiales en sus últimas obras para dar rienda suelta a la imaginación como medio de alcanzar nuevos desarrollos intelectuales.
Pero quiza lo que mas llama la atencion es que el artista ha llegado a este proceso de elaboracion y depuración de formas de una manera autodidactica, autónoma, instintiva. Lafuente es como un felino que guarda dentro de sí lo mejor que produce su mente. Una mente que produce y elabora una obra rica, madura, profunda y densa, racional e instintiva al mismo tiempo. En conciliar ambos aspectos, reside precisamente parte de su éxito y de su personal aportación al Arte Vasco del siglo XX.
Lafuente conjuga como pocos, valores racionales y geométricos formales con los más sensoriales e instintuales del colorido, Su obra llega así al espectador de una doble manera perceptiva, a través de la inteligencia y la retina.
Pero su obra contundente, rica y exquisita exige siempre otra. No se entiende sin la siguiente, exige la obra abierta siempre a la otra, a la variante, a la serie, al ritmo evolutivo y cíclico. Su pintura sutil y fría busca el refinamiento de formatos en obras alargadas y estilizadas, enlazadas o encajadas, horizontales y diagonales, siempre en expansión y en perspectiva. Su obra logra en el último periodo de producción una gran altura y elevación parecida a la de la poesía mística.
Su discurso entero parece buscar siempre una soledad total, radical, mística. “De mis soledades voy, a mis soledades vengo”, “La música callada, la soledad sonora”. Algo de todos estos versos hay en la vida obra de Rafael Lafuente.
En su obra existe tanta soledad y silencio como que el que anida en los campos de la llanada alavesa, tanta mística sentida como por la Vitoria medieval, vieja y sorprendente.
El artista vive como pocos la unión con su pueblo, y con sus gentes, con sus fiestas y con sus vinos. Al artista parece interesarle siempre la misma voz, la misma canción, en medio de un mundo que torna viejos, lenguajes apenas comenzados y desarrollados. Siempre buscando la eterna verdad, el color puro, el silencio sonoro dentro de sí mismo. Quizá por ello la obra de Rafael Lafuente no tenga excesiva prisa por estar a la page o por grandes desarrollos evolutivos. Su desarrollo más bien es en espiral, constante y cíclico. Su obra posee su propio “tempo” evolutivo. Y es precisamente esa lentitud, que no inmovilismo, lo que ha hecho que su obra sea precisamente rica y profunda, una obra que se abre en constelaciones que tratan de apresar la esencia de lo infinito.
Sus repertorios se mueven así en campos límites, en espacios que tienden a lo ilimitado, a mundos extensos, infinitos. Son como los mundos del poeta y del místico. Se otea en medio de la noche la estrella fugaz y el cometa, la luz luminosa y el meteorito, pero pronto vuelve la calma y la tranquilidad, el espacio extenso y cotidiano. Es el ocre mierda al que traspasa y transfigura el relámpago de un azul violeta, eléctrico como el rayo en una noche de tormenta. A mí personalmente su obra siempre me ha abierto a puntos limites, ricos y profundos. A unos mundos que no están lejos de nosotros, que se abren en medio de la vida hasta horizontes de una esplendida belleza y galanura. Son sin duda alguna el reflejo de sí mismo.
“La obra de Rafael Lafuente no nos deja indiferentes, sin ruidos ni publicidad nos sorprende a cada momento. Nos lleva de la mano por ese mundo que es el suyo, lleno de experiencias e investigación, de grandes logros. Despreocupado por las repercusiones que pueda tener su nueva obra, vuelve a refugiarse en el estudio e inicia otro proceso de investigación, la densidad de la materia irrumpe en su obra, construyendo un contundente entramado lirico, y recreando nuevos cánones de belleza y armonía. Pero sin embargo no podrá mostrarnos el grueso de los logros obtenidos por una rapida enfermedad se llevara su vida el 8 de Marzo de 2005”
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